Perrea, Dignidad Perrea

(Crónica de una fiesta anunciada)
Era un punto pensante, entre varios puntos divertidos, algo inusual en una fiesta donde primaba la euforia. Llegar sobrio a un lugar donde el menos ebrio bailaba excitado, fue un logro, ya que me sirvió para analizar cómo es, que la muchedumbre se divierte.
Al pasar aquellas rejas de color blanco -que recuerdo porque me dieron el dato, no porque las haya visto-, tenía la misma sensación del primer día de clases en un colegio nuevo, era tan predecible lo de esa noche, que ya me iba acostumbrando a ese sillón que me tocó de trono.
En un primer ambiente un foco de 50 wats alumbraba nuestros rostros, estaba acompañado de cuatro personas más, quienes miraban asombrados el “salón de baile” donde los muchachos eufóricos, excitados, ebrios y sudados contorneaban sus cuerpos al ritmo de “eso”, aquel baile que parecía estaba viendo esos reportajes de domingo que suelen hacer en las discotecas del cono norte limeño.
Avanzando, entré al salón, totalmente oscuro, caliente y lleno, me recosté en la pared, saqué un cigarro, mi cajita de fósforos y lo prendí, el humo me ayudaba a sentirme tan lejos de ellos que se me hacia agradable -sensación inexplicable-, luego me senté, crucé las piernas y observé…
Se mezclaba en mí, la risa, el miedo y las ganas por salir a bailar, pero mi tendencia a ser diferente hizo que no me despegara de mi butaca hecha de espuma. Me preguntaba: ¿Cómo hacen todos para ser tan libres y no caer en el encierro?... pedí un vaso con agua, era cruda porque yo vi cuando la sirvieron del caño. Veía de abajo hacia arriba a las chicas, algunas lindas y otras feas, pero igual todas estaban ebrias, repugnante estado para un espectador que no ha consumido alcohol.
El celular me avisó con su espeluznante vibración que era la hora de retirarme, ponerme de pie me costó, pues había permanecido una hora y media sentado y cruzado de piernas, sentía las famosas hormiguitas, saqué fuerzas y salí casi corriendo.
Afuera estaba una “pareja”, la cual deseosa luchaba por hacer el contacto labial, pasé de frente sin pedir permiso, ella le decía a él: “aquí no, en frente de todos no!!!”, sonreí y seguí avanzando, miré mi reloj y tomé el primer taxi que pasó.
Ahora estoy sentado en esta silla de madera antigua y dura, muy dura, causante de mis constantes dolores de columna, escribiendo para mí, algo que a nadie interesa. (12:40 a.m.).
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Tu pata de toda la vida
Pepo