Goles De Tierra

Una de las cosas para la cual siempre fui malo, es el fútbol, “El deporte Rey” como lo llaman sus más fieles seguidores, en realidad nunca tuve nada en contra de éste. Recuerdo haber jugado algunas pichangas con los muchachos del barrio – siempre era el último en ser escogido, o terminaba de “mantequilla”-. Este deporte invadió el espíritu de todos mis amigos, ocasionando peleas cuando el equipo de alguno llegaba a ser puntero en la tabla – peleas que nunca entendía-, cuando daban inicio a discusiones de carácter futbolístico siempre trataba de cambiar el tema, muy difícil siendo uno contra quince, igual casi todas las tardes de mi absorbida infancia las recuerdo en canchitas de arcos de madera hechos por nosotros mismos, apartándonos cuando pasaba un auto con un viejo gritón al volante.

Al terminar la jornada todos corríamos sucios y malolientes a la bodega de un amigo, donde comprábamos la botella de gaseosa más grande que había, entre los muchachos se hacia el “pozo” para recoger los últimos céntimos que guardábamos de la papa a la huancaína que no comimos en el colegio.

Lo gracioso era escuchar nuestras importantes conversaciones entre vaso y vaso, jurábamos que algún día seriamos excelentes profesionales y tomaríamos cerveza como lo hacían los viejos después de sus partidos, o silbar a cuanta chica se cruzara por nuestra trinchera.

Después de horas cuando la noche era inminente empezábamos a despedirnos, con burlas a quienes no hicieron goles, y con arengas para los heroicos maradonas.

Algo inconciente que perdura en mi, es que aunque me declaro un infiel servidor de este deporte, debo admitir que aquellas tardes de gloriosos goles y olor a tierra nunca se olvidarán, quizás no es por la pelota o porque no me quedaba de otra, pero lo bueno es que siempre fueron tardes, largas tardes, entre amigos.

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