Tardes de Una Vida
Y el la esperaba como todas las tardes a las 5:30…Angustiado observaba su reloj cada diez minutos, toda mujer con vestido rojo y zapatillas gastadas eran ella. Las luces amarillas de los postes que adornan la vereda, hacían un pasatiempo cada vez más tenso, el cielo se escondía tras las nubes que lloraban por algún lamento ya pasado, el aire despertaba su cabello y sus manos en los bolsillos apretaban la angustia.
En una esquina no tan alegre estaba ella, lo miraba graciosa – como siempre -, le gustaba hacer una película de esas situaciones, tan cotidianas y rosadas como ella misma, con el sencillo vestido rojo de hace unos años y esas zapatillas que ya no veían el suelo. Caminaba lentamente paso a paso, con el amor entre las manos, la ansiedad entre los ojos y la alegría en esos labios rasgados por besos anónimos.
Ambos llegaron al jardín donde estaban esas rosas amarillas y rojas, tranquilas e imperturbables, tiernas como una sonrisa. Jugaron lo de siempre -a las miradas perdidas-. Sus voces nunca se conocieron y las tardes se iban gastando sin pedir permiso, la luna se había cansado de verlos, las viejas estrellas hablaban de otros romances, el tiempo los desconocía y la lluvia no los sentía.
Entre los dos había algo que nadie vio, sin embargo sabían que estaba, reluciente e intacto como un adorno de porcelana fina recién comprado.
Sus corazones aun se esperan, se llaman y observan, el sabe quererla y ella también, dicen que el amor es un sentimiento cursi y satisfactoriamente loco.
Ellos estaban locos, disfrutando sus cualidades, relajados por quererse y sin saber sus besos. Ellos con las manos amarradas a otras personas aun recorren juntos las tardes. A las 5:30.
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