Verano 2008

Hay días en los cuales uno se levanta con ganas de contar su vida en pocas líneas, haciendo síntesis de una resaca habitual por la que pasamos concientemente en estos somnolientos últimos días de verano.

Siempre me gustó el inicio de la estación más calurosa del año. El comprar una ropa de baño, hacer planes de viaje e ir frecuentemente a la playa para terminar después con una severa picazón en todo el cuerpo; cosas sin importancia pero que me hacen feliz y me ponen de buen humor. Esperar encontrar una chica linda e inteligente para mantener diálogos sencillos y emocionarme más de la cuenta, inevitablemente; y digo esperar ya que mis chicas lindas de invierno nunca duran hasta verano.

Salir andando distraído por las calurosas calles de villarreal, dar vueltas al parque del mundito y luego caminar hacia el centro, ver tiendas, fumar unos cigarrillos, comprar cremoladas agrias que quitan la sed, y luego volver a casa y ver televisión con el ventilador puesto en el número dos, o leer algún libro en la cama, bajo la luz blanca de la lamparita negra. Llamar a los amigos y hablar de cosas sin sentido mientras bebemos un trago malsano, sobre los escalones blancos del pórtico de mi casa. Luego entrar pasada la media noche con una actitud que sobrepasa los limites de la sobriedad, y ponerme a escribir todo lo que se pueda, sin embargo la mayoría de esos escritos, nunca son publicados en el blog.

Viajar, es lo que trato de hacer constantemente para poder relajarme y evitar los estragos citadinos y bulliciosos que ganas por vivir en una pequeña gran ciudad que cada vez crece más y aturde más. Cualquier lugar es bueno, mientras sea tranquilo, haya naturaleza y pueda tomar fotografías a un cielo limpio y despejado, seré un tipo libre y feliz. Siempre con amigos, porque sino jamás sería tan especial.

Mi vida académica no se detiene en verano, tengo que ir a la universidad todos los días, y la mayoría de estos con pantalón, algo que me parece tan aberrante, cavernicola, represivo, estupido, y a veces hasta gracioso, pero bueno a los profesores de ese tipo también se les hace caso. Sin embargo disfruto mis tardes universitarias: aprender cosas nuevas, reírme de los pedagogos siempre redundantes, aburrirme en clase y pensar en nada, escribir un nombre ocho veces sobre mi block, luego ir a casa y chatear con Antonniete, siempre riéndonos de Sandra una chica a quien quiero mucho, me hacen reír y puedo dormir en paz.

Las emociones que embargan mi vida: durante horas de lectura o de música, aquellos colores expuestos por los conciertos pequeños de la vieja trova, el romance incógnito del vino adormecedor y sensual, la dulzura tímida e inexacta de un beso en la mejilla, la calidez de una sonrisa sin miedos, la humildad de un vaso con agua en alguna mañana de calor, la sabiduría de un niño hablando de cómo pescar, el frió y la brisa de un mar madrugador, una mujer que recién despierta hablándome de amor y ficción, la herencia de un padre equivocado, una madre hablando de gitanos y sobreprotección, una hermana simple y vanagloriada, marijuana y sus ataques de histeria, las pastillas tranquilizantes que quitan la migraña, el dejar de comer para estar mejor, las asfixiantes y obligatorias reuniones familiares, los besos sin color, los amigos que ya no veo, y aquellos con los que aún me río, las películas cómicas y románticas para mujeres pequeñas, la frialdad de una película francesa, las series sobre animales, los parques, y aquellas noches tristes donde sólo se te extraña.

Y extrañar a IvI es algo que sucede a diario sin pensarlo. Pues ella decoró esta calurosa estación con detalles inverosímiles: usó sonrisas que nunca pensé vendrían, esa partida cortante sin despedida, con helados de noche, largos paseos por parques que nunca fueron parques, ese momento en el pedacito del cielo, esas latas de cerveza, el humo, los taxis, los pequeños paseos turísticos por el parque principal, la banca de las musas, sus manos y demás. No sé qué puede ser, no sé si tiene color o nombre, es una emoción, un sentimiento, algo tan preciso que me cuesta describir. Me acostumbré a ella y poder hablar de cualquier cosa y siempre reír.

Como quien lee un cuento maravilloso de pocas páginas, y cuando lo acaba, extrañándolo siempre quiere volver a leerlo.

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